Hace un año compré una
cámara de fotos.
Estuve dando vueltas un montón de
semanas para realizar la transacción. Justificando por qué
necesitaba esa cámara y cómo, a través de la tentadora, engreída y demoníaca tarjeta de
crédito, lo iba a pagar en cómodas y módicas 24 cuotas.
Hablé con mi marido al respecto. El me
dijo que me la merecía. Que me la compre.
(Nunca sé muy bien qué pensar cuando
la gente dice : “es más que merecido”. “Me merezco esto” o
me “me merezco lo otro”.)
No entiendo bien las leyes de
compensaciones kármicas.
Bueno, a la cámara, signifique lo que
signifique, yo me la merecía. Y la compré.
La pagué en 24 cuotas,
de las cuales aún me quedan 12.
Podría haber sido un muy buen
intercambio comercial pero resulta que la cámara no funcionaba como
debía.
Fue ahí que comenzó el calvario del
servicio de reparación.
Lo envié. Fueron tan amables que no se
me ocurrió pensar que ocho. (Sí, ocho) meses después la cámara
seguiría allá. Allá, donde no es acá, claro.
Todos los lunes a la mañana, durante
estas 32 semanas (casi , casi, un nuevo embarazo) me dediqué a
descargar mi ira con las amables señoritas receptoras de mis
llamadas telefónicas. Ellas, inmutables repitiendo, ante mi
frustración: “no tenemos novedades, por favor comuníquese la
semana próxima”.
Cada lunes era como estar protagonizando la película "El día de la marmota" (O "Hechizo de amor " ) .
Una eterna repetición. Ni negativa ni positiva. Cero.
Fui a la Secretaría de comercio
interior donde me contuvieron y llamaron a una “audiencia
conciliatoria”.
Yo estuve, por dos semanas, cual presa,
marcando los días en el calendario para llegar a ese día.
Fantaseaba un escenario en el que me
llevaban una caja con un combo compensatorio para resarcir tantos
meses de espera, hasta imaginé que me daban acciones en la empresa, (Tengo tal olfato comercial que la empresa se declaró en quiebra ni bien compré la máquina) Imaginé un
montón de cosas. Pero nunca que no aparecerían.
Mi marido y mi papá me lo habían
anticipado y yo me había ofuscado con ellos por eso. No es realmente
detestable cuando los hombres piden que les den la razón? Pero de
hecho, esta vez la tenían.
Me vino a la mente un recuerdo del año
1984.
Yo tenía cuatro años cuando mis papás
me llevaron a ver a Lito Nebia. Me la pasaba cantando “dicen que
viajando se fortalece el corazón...”. Yo lo amaba.
A la salida del concierto lo esperamos
para saludarlo.
Estaba muy ansiosa: “Mamá, dónde
está ? Dónde está Lito Nebia”?!
Un señor salió, me tocó la cabeza ,
me pellizcó la mejilla y me dijo: “Lito Nebia se fue a hacer
pipí”.
Nunca voy a olvidar la cara de mi mamá
señalando a ese señor y diciendome con los labios, sin voz, “ese
es”.
El me regaló, sin saber, el mejor
regalo en ese entonces y el recuerdo para siempre de ese momento.
Años después lo entrevistamos y le
conté esa anécdota que por supuesto el no registraba.
Es que así es como sucede la vida.
Está llena de momentos importantes
para unos y totalmente olvidables para otros.
Lo que para algunos es un universo,
para otros es un alfiler.
Depende del cristal con el que se lo
mire.
Creo que de pronto y por un momento,
voy entendiendo esto de los equilibrios y las compensaciones
kármicas.
Si así fuera, entonces, espero que la
pérdida de la cámara me devuelva un montón más de “momentos
kodak”.
Al menos, por 12 cuotas más.
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