viernes, abril 20, 2012

MIS CÁNDIDAS Y YO


Anoche soñé con Meryl Streep y Tom Hanks. Son mis dos actores norteamericanos preferidos.
Estaban en Argentina y yo les hablaba y ellos tenían mucha onda conmigo, nos llevabamos realmente bien. Pero yo me ponía un poco pesada. Los empezaba a acosar. Quería fotos y me los quería devorar.
Y no es casual. Estoy cursando el 5to día de dieta.

Y para mí, comer, es un placer de los dioses. Es más, la gente que dice: “para mí, alimentarme es un trámite, una pérdida de tiempo” me resulta incomprensible

Hace unos años toqué fondo. Estaba muy mal de la panza.
Así empecé con mi campaña de desintoxicación hepática: el primer paso fue informarme: leí bastante material bibliográfico y me comuniqué con un especialista en nutrición orgánica.
Después, compré un libro llamado: “Intestinos. Técnicas caseras para una vida saludable”.
Si se trataba de mis intestinos y era casero, no podía estar mal.
Lo leí de principio a fin. Aprendí como unos bichitos malignos llamados Cándidas, producen una enfermedad llamada “candidiasis crónica”, y como esa enfermedad silenciosa es la causante de AB-SO-LU-TA-MEN-TE todos las enfermedades habida y por haber. Desde la sinusitis hasta el cólon irritable. Todas.
Entré en pánico. Quería que las cándidas salieran de mi cuerpo. Quería que mi flora intestinal esté en equilibrio.
Le conté a mi sicóloga que estaba haciendo esa dieta. Le hablé sobre cómo mi desequilibrio físico influía en mi desequilibrio emocional. Y que me urgía cambiar mis hábitos.
Ella me respondió que la historia de las cándidas le resultaba un tanto delirante. Pero yo no le hice caso. Años de escuchar charlas con mis amigas sicólogas me enseñaron que a ellos, todo, pero todo, les parece delirante. Bueno, casi todo.
Entonces decidí : voy a desoír a mi sicóloga por esta vez y seguir adelante.
(Y omití hablar en sesión el asunto bichitos-que-te-carcomen-el-cuerpo, asumiendo, sí, que era un toque delirante.)

Mi entonces novio, actual marido, decidió apoyarme
      
- Gor...voy a hacer una dieta macrobiótica
- Una qué..?
- Es una dieta para limpiar los intestinos...- me puse gatita- la hacés conmigo...?
-....mis intestinos están limpios..
- Si, doy fe....pero es sólo un tiempito..
- (refunfuña..) y qué hay que hacer?
- No comer carne
- (Aquí juro por mis cándidas que la vena de su cabeza se inflamó más que de costumbre)
- Dejar de comer carne??? yooo??? !! No.
- Pero...amor...
- No.

Aún así, me regaló una licuadora, una procesadora y una juguera. Me fueron muy utiles hasta el día de hoy. Y si lo pienso bien, creo que estaba dispuesto a comprarme un silo de mijo antes que hacer esa dieta conmigo.

Me volví una militante naturista. Prediqué por todos lados que los alimentos lácteos tienen antibióticos y eso consumimos en dosis homeopáticas, lo que es sumamente nocivo para nuestro equilibrio y nuestras defensas. La carne hace que nuestra flora se putrefacte. Inclusive hablé sobre el cambio en las heces. Unas heces “sanas” deben flotar, no deben tener contextura ni muy blanda ni muy dura, y sobre todo, unas heces sanas no deben tener olor.
Toda una revelación.

Entonces, no sólo prediqué: dejé de comer lácteos, harinas, carnes y azúcares.

Me acuerdo que no extrañaba la carne. Pero tenía sueños eróticos con sandwiches de queso en pan apelmazado, crujiente...el queso se estiraba derretido en mis dientes...erótico, muy erótico.

Qué comía entonces? - Se preguntaran. - Comí durante un año. (Si, un año). Semillas y cereales (porotos, porotos blancos, porotos verdes, porotos aduki, - puedo seguir nombrando porotos, tal como “Bubba” nombraba camarones en “Forrest Gump”- garbanzos, quinoa, fibra, mucha fibra soluble...)

Tengo que decir, que mi piel cambió por completo. Nunca más me salió un granito. Estaba increíble.Enérgica y saludable.
Ahí andaba yo. Hacía el “number 2” (si, hombres, las mujeres hacemos cacona) y me levantaba a ver mis hermosas e inodoras heces. Andaba orgullosa de mis intestinos.
Pero mi vida social se veía un tanto cohartada. Ir a un asado y llevar mi tofu me daba depresión.

Pero eso no era lo peor. Los sueños eróticos fueron in crescendo: el striptease del sandwich de queso era un poroto -y los porotos me salían por las orejas- comparado con los que vinieron después.
Y además, yo hasta dejé de salir con un chico porque “no comía de todo”. El comer de todo te convierte en un ser cultural.

Y bueno, pasó lo que tenía que pasar. Como Forrest bien dijo: “...y un día, ya estaba muy cansado de correr y quise volver a casa”
Y me pasó igual. Estaba bien. Estaba suficiente. Necesitaba volver a casa.
No me acuerdo cuál fue la primera comida de todas las que vinieron.
Sí sé que cocinar para mí es un momento único. Es un acto de amor, de entega. Cocinar y compartir.
Y comer algo especial me hace vibrar todos los sentidos.
Por eso me identifiqué tanto con Meryl Strip en “Julie & Julia” cuando comía ese pescado a la manteca y le daban ganas de llorar...es una emoción. Es...sublime.
Creo que pocas personas me entienden. Mi mamá es una de ellas. Y a ella le debo mi amor a la cocina.

Puedo decir que la comida naturista no es para mí. Al menos no ahora.
Y también, decir que si somos lo que comemos, entonces yo soy a veces frugal, a veces chatarra, a veces natural, a veces una vaca y a veces dulce y salada. Pero siempre variada y rica.

Con respecto a las cándidas...
Ahí...bien...que se yo...

viernes, abril 13, 2012

CRECER


Me llevó una semana y media volver a escribir en el blog.
Es que esto de cumplir 32 años parece que me dejó un poco perpleja.

Me atormentaba una situación. Por un momento tuve un flashback hacia mis 15: además de pensar en qué lindo era tener todo el cuerpo y la piel turgente, pensé en lo que entonces me parecía “la gente grande..”.
Sin dudar, la gente grande para mí, en ese entonces , tenía 32.

Es que tenemos fecha de vencimiento?

Siempre estoy atenta a ciertos anuncios. “Viajá a trabajar a Australia, si tenés de 18 a 25”, “Se necesita secretaria -le llaman “administrativa”, así como el “encargado” pasó a ser “gerente” y ahora es el “CEO”, (qué manga de pelotudos!)- para reconocida empresa, de 18 a 19 años. Sin várices.”
“Participá en Gran Hermano, si tenés de 18 a 35” (ay...ahí sí entro. Pero paso).
La sola idea de ya “no pertenecer” me entristece un poco.

Pero hay algo mucho más importante que no pertenecer.

Un buen amigo lo graficó muy bien: “cuando éramos chicos, los encargados de matar los insectos y alimañas en la casa eran los padres”. Me pareció genial. Los sintetizaría así: “CRECER ES SER EL ENCARGADO DE MATAR LOS BICHOS”
Cuando uno se va a vivir solo, se tiene que poder hacer cargo de matar insectos. Diría que es requisito indispensable. Antes que “estabilidad económica”, antes que saber cocinar o cambiar el cuerito, antes que cualquier cosa: para ir a vivir solo, se necesita saber matar bichos.

El otro día, colgaditos, con mi marido, encontramos un bicho en la cocina.
Los niños dormían.
En realidad, si me ajusto estrictamente a los hechos, tendría que decir que yo estaba en el living y sentí un alarido proviniente de la cocina. Pensé que era mi hija. Pero no.
El alarido era de mi marido.
Obviamente él tiene que ser el heredero natural para eliminar los asuntos de esta casa. Pero mi marido mostró debilidad. Me dijo: - Bar, vení. Qué es eso?! Matálo! (estaba descalzo)
Por supuesto que yo estaba muerta del asco ante esa cosa que se retorcía ahí impune en medio de la cocina.
Entonces, le respondí que no, que él es el hombre de la casa y que como tal, era su deber hacerlo.

Aduje que yo, -obviamente, porque fui “sola” muchos años, y una madre soltera otros tantos- podía matarlo, pero que necesitaba ayudarlo a él a sobreponerse ante esta situación, en caso de que “yo no estuviera aquí para hacerlo”. (Puse mirada intensa al hablar)

Fue así que le acerqué como herramienta asesina, un zapatote con plataforma. (Supuse que así estaría de alguna manera más alejado del bicharraco).
Si le hubieran visto la cara a mi marido. Calzando un zapato de mujer y poniendo todo su peso en un solo pie plataformado. Cerraba sus ojos y fruncía del asco, absolutamente todos los músculos de su cara. Hasta pegaba unos saltitos de rodilla para darle más peso aún.

Luego de un ratito ahí, encimita del rufiancito hediondo, se salió. Y ahí estaba, desafiante el/la amigo/a moviendose aún. 

- Vamos al living, me dijo. Ya se va a morir solo.
- Ni en pedo -le dije- al bicho HAY que matarlo. 
- Pero no se muere...
- Vó vé – le dije- . Al sujeto, vivo, no lo podemos dejar. Mirá si va a la pieza del bebé...

Y ahí fue por su segundo intento. El bicho no dejaba de moverse. Le chorreaba algún tipo de líquido que se escurría por el piso, pero de morirse, ni hablar.

- Le voy a cortar la cabeza -dijo el marido.- Alcanzame la pala.
- No vas a poder – le dije- cómo vas a saber cuál es la cabeza?
- Pero qué es este bicho? ( Y juro que se me vuelve a retorcer el cuerpo)
- No sé...(me impacientaba pero me aterraba a la vez) matálo de una vez!

Agarré uno de esos spray de veneno que hay por ahí y le vacié todo lo que contenía. Y nada. Se seguía moviendo.
Entonces, mi marido, el valiente, agarró la pala que ya tenía en sus manos y con el filo intentó cortarle lo que supusimos era la cabeza.

Pero el coso seguía moviendose. Fue, entonces, ante mi gran dirección verbal cambiando de método. Pisarlo un poco, tirarle veneno para polillas y un par de palazos.

De a poco fue cediendo. El bicho, no el marido. Y entonces, lo arrastró hacia la pala, y yo le abrí una bolsita de nylon y ahí dejamos el cadáver.

Pero el que vió alguna vez en su vida una película de terror sabe por demás, que el asesino monstruo y/o psicópata nunca muere en el primer intento. Así pasó. La bolsa empezó a moverse a lo loco. Yo la tiré en el piso y él, desesperado le asestó golpes de pala hasta que el nylon dejó de sacudirse. Entonces, no recuerdo bien, (estaba en shock) creo que nos abrazamos. Él besó mi frente y me dijo: - tranquila, ya pasó.
Yo no le mostré debilidad, acaricié su mejilla y lo felicité.

Nos fuimos al living y terminamos de ver la película que estabamos viendo. 

Al día siguiente tuvimos un diálogo parecido a este:
  
- Lo de anoche...
- Fue muy feo -le interrumpí-
- Era una serpiente?
- Era una lombriz, gordo.
- Estás segura? 
- Si. Pero si querés que hagamos un mito de esto, digamos que fue una víbora.
- No. Mejor nunca hablemos de esto.

                                                                                                    Hasta ahora.